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¿Cuánto talento hace falta para llegar a la Fórmula Uno? o acaso la pregunta correcta es, ¿cuánto dinero se necesita para arribar a ella?. En ambas interrogantes, la respuesta es similar: condiciones y respaldo económico deben ir de la mano y en cantidades importantes.
La Fórmula Uno es la máxima aspiración de todo aquel que incursiona en el automovilismo deportivo, ilusión que comienza desde niños en el karting. Anualmente miles son los aspirantes en todo el planeta, pero poco más de dos docenas son los elegidos a subirse a un bólido de la categoría superior.
La F1 es también una de las especialidades deportivas más seguidas en el mundo, sólo superada en audiencia televisiva - en la mayoría de los casos - por el deporte nacional de cada país. Los medios de comunicación, tanto impresos como audiovisuales, destinan un generoso espacio a todo lo relacionado con el tema, presentándose casos como el de Venezuela, donde a pesar de no contar con un piloto en la máxima categoría, diariamente las páginas de todos los periódicos reseñan noticias y ofrecen amplias coberturas en días de competencia, despliegue que en algunos casos hasta pudiera ser considerado como exagerado.
Imaginar el momento en el que algún piloto venezolano pueda volver a subirse a un F1 - meta que por última vez consiguió Johnny Cecotto en 1984 - es por demás emocionante, porque, en teoría, tendría garantizado un gran respaldo. Paradójicamente, Johnny no disfrutó dicho soporte al ser entonces la F1 una actividad poco difundida en nuestro ambiente. Sin embargo, faltan todavía algunos años para vivir tal realidad. Pero más allá de los torrentes de información impresa o audiovisual ¿estamos conscientes del camino que se deben transitar estos atletas para tratar de llegar a la cumbre?.
Hoy, gracias a los medios de comunicación conocemos la trayectoria de nuestros principales exponentes, y a través de internet disponemos de inmediato de tiempos y resultados, lo que cierra el paso a récords ficticios o inventados, comunes en otros tiempos. Pero todo esfuerzo no parece lo suficientemente atractivo a la hora de consolidar importantes acuerdos comerciales. Al hacer un repaso muy ligero de aquellos que lo intentaron, encontramos que a todos los unía, además de la pasión y el talento, la ausencia de un sólido soporte financiero de parte de las empresas locales, situaciones que en el futuro inmediato auguramos no siga privándonos de un sueño que, como lo demostró el colombiano Juan Pablo Montoya, no es imposible de alcanzar.
Si alguien pudiera garantizar que con tantos millones en pocos años alguno de los nuestros podrá conducir un F1 - y no necesariamente pensar en un equipo de punta porque aquellos no necesitan ofrecer sus butacas - muchos apostarían en ese proyecto, seguros de que el retorno de la inversión se multiplicará. Pero la ecuación no es tan fácil como aparenta. Primero que todo, es una operación a largo plazo, y nadie en el medio está acostumbrado a esas propuestas, menos aún ante la incertidumbre general por la que atraviesa el país.
Fuera del incombustible Johnny Cecotto - nuestro mejor embajador de todos los tiempos - existe en Venezuela un grupo de jóvenes prospectos que buscan abrirse paso en los circuitos de Europa y Norteamérica. La meta en todos ellos es muy clara: llegar a la Fórmula Uno o al máximo escalón en sus respectivas modalidades. No importa su nombre, cada uno puede tener mayor o menor habilidad, carisma o hasta posibilidades financieras, lo importante es que cualquiera de ellos, y ojalá sea más de uno, pueda dejar encendida la luz verde para que por allí transiten los demás.
Por otra parte, y no es ningún secreto, en nuestro entorno existe mucho desconocimiento en lo que se refiere al respaldo destinado a los deportes a motor. Es una actividad costosa, eso es cierto, se habla de cientos de miles de dólares cuando no millones, cantidades que tampoco asustan a las grandes compañías; la clave es saber proyectarlo como una inversión y no como un gasto, aunque poco se puede hacer cuando las políticas fiscales no favorecen a quienes apoyan el deporte. En las pistas nacionales sucede también que muchas empresas ni siquiera se interesan por el producto, bien sea por un escaso de retorno de su inversión, ausencia de organismos competentes, o para evitar repetir malas experiencias y los tristes ejemplos de aquellos que aprovecharon la posibilidad de obtener apoyo para luego destinar el dinero en cualquier cosa menos el vehículo de carreras, desprestigiando la credibilidad de la disciplina.

DE JUAN COCHESA A BIAGIO PARISI

La primera oleada de automovilistas venezolanos que buscaron consolidarse en el automovilismo internacional comenzó a mediados de los setenta. Juan Cochesa, Oscar Notz, Felipe Latil, Francisco Romero y Ernesto Soto, fueron líderes de una camada irrepetible. El zuliano Cochesa hizo algunas carreras en la Fórmula 2 europea, despuntó en la F.Atlantic norteamericana y llegó a tener conversaciones para subirse a un Shadow de F1, pero para entonces, requería de una suma que no logró presentar. Oscar Notz fue el primer venezolano en ganar en una prueba oficial de monoplazas en territorio británico, pero otra vez las limitaciones económicas detuvieron su marcha en la F.Ford 2000cc. En los ochenta, fuera del ascenso directo de Johnny Cecotto quien a los 24 años dejó las dos ruedas para dedicarse al automovilismo, es Maximo Olivieri la principal esperanza.
Kartista excepcional, Olivieri fue para muchos el mejor de todos. Asombró en su debut en la F.Ford tanto en Venezuela como en los Estados Unidos y cuando le auguraban un futuro brillante, razones familiares lo alejaron de las pistas. También lo intentaron Amedeo Marcottulli, Bruno Orioli y Giovanni Fontanesi, quienes corrieron en Italia con escaso suceso. En el primer lustro de los noventa toca el turno a los jóvenes Miguel Calandriello, José Miguel Coletta y Juan José Font. Viajan con ilusión a Inglaterra teniendo como representante al ex corredor Carlos González, pero ninguno consigue consolidarse, retornando a casa luego de romper relaciones con el promotor. El último que tuvo todas las credenciales para triunfar en el exterior fue el ingeniero Biagio Parisi, pero de manera por demás desconcertante, pudo más su vocación como servidor público para combatir el hampa, dejando de lado sus innatas condiciones al volante.

LA GENERACION INTERNET PRETENDE CAMBIAR LA HISTORIA

También en los primeros años de la década pasada y ajenos a las penurias de los adultos, debutan en el karting nacional un grupo de niños entre 6 y 10 años. Sus nombres Luis Alberto Schiavo, Christian Calvo, Geancarlo Serenelli, Rony Censore, Bruno Orioli, Ernesto José Viso, Pastor Maldonado, Judith Camacho, Rodolfo González y Francesco Cerullo; aunque no todos continuarían en la lucha, los que se mantuvieron demostrarían voluntad y condiciones, proyectándose en la meta soñada.
¿Quién de ellos será el primero en sentarse en un Fórmula Uno? Es prematuro señalar un nombre, primero tienen que consolidarse, aunque algunos como Rodolfo González y Ernesto Viso hablan de un proceso de tres años, es decir, en el 2004. Sinceramente, se antoja apresurado y ojalá nos equivoquemos. Emular las meteóricas trayectorias de los Kimi Raikkonen, Jenson Button, Felipe Massa o del asombroso Fernando Alonso, es tan tentador como difícil de igualar, lo que no los exime de copiar el molde. En todo caso, la primera década del milenio nos debe devolver la satisfacción de ver el tricolor con las siete estrellas en un monoplaza de F1.
Viso, de 16 años, deslumbró en su primera temporada en el automovilismo norteamericano y ahora encara el reto británico en la Fórmula Renault así como algunas carreras en el italiano y en el europeo. Formará parte de una escuadra muy competitiva y de acuerdo al ABC de todo aspirante a campeón, no puede fallar en ninguna de las confrontaciones que encare. Similar camino le aguarda a González. Radicado en Inglaterra desde 1997, apenas cumpla 16 años tendrá que derrotar uno de los principales estigmas que acompañan a los buenos kartistas: adaptarse de inmediato a los monoplazas, en su caso los F.Ford 1800. Superado este primer obstáculo, dependerá de su habilidad para abrirse paso entre los mejores, además de contar con el indispensable soporte financiero destinado para el desarrollo de su carrera.
Pero mientras ellos se encuentran en las divisiones elementales del automovilismo, en esta particular carrera rumbo a la máxima categoría hay alguien que se encuentra unas vueltas más adelante.
Milka Duno representa uno de los casos más atípicos de cualquier deporte. Ingeniero naval de formación, hace cuatro años no había siquiera visitado un circuito, no sabía quién era Michael Schumacher ni le interesaba, y hoy se dispone a subirse a un prototipo de 600 HP en la máxima categoría sport en los Estados Unidos y en las 24 Horas de Le Mans. En Europa maneja uno de los veloces los F.Nissan, monoplazas que están apenas a dos escalones de la F1, lo que la convierte en el candidato más próximo a conseguir el objetivo. Cuenta con el respaldo de sólidas firmas criollas, aunque como todos, requiere de más apoyo para encarar retos superiores. De Venezuela sólo Cecotto y Cochesa llegaron a conducir máquinas superiores, lo que refleja claramente que no ha sido fácil la tarea. Los prejucios que imperan sobre su condición de mujer no la atormentan, representa un modelo de tenacidad para muchos y a pesar de su limitada experiencia ha sorprendido hasta el crítico más exigente.
Los rivales a los que se enfrentan o se medirán poseen tantas o más credenciales que las de los nuestros (entre muchos prodigios, hijos de ex campeones mundiales de F1 como Thomas, Angelo y Nico, herederos de los Scheckter, Piquet y Rosberg, respectivamente), con un elemento agregado que, aunque parezca un contrasentido, perjudica a los aspirantes: la enorme seguridad de los modernos coches de F1 y en general en el automovilismo internacional, hace que salvo coincidencias muy desafortunadas, las butacas disponibles sólo cambien de mano ante un muy evidente bajo rendimiento (caso de Gastón Mazzacane y Tarso Marques) o la falta de soporte financiero, porque, aunque no lo crean y como veremos más adelante, hasta Michael Schumacher tuvo que pagar para subirse por primera vez a un F1.

EL DESCREDITO COMO CONSIGNA

Sabemos que uno de nuestros pasatiempos favoritos es el ataque gratuito y sin base y este es precisamente uno de los mayores escollos que deben sortear los pilotos. No bastan las condiciones técnicas y la rivalidad en pista, a ellas hay que agregar las envidias y otras vicisitudes que acompañan un deporte tan individualista para crear un ambiente muy tenso. Se habla de automovilismo profesional, pero es duro reconocer que falta mucho para ganarse ese calificativo. Es deprimente observar que, a pesar de tratarse en la mayoría de los casos de unos adolescentes, la consigna de buena parte de quienes los acompañan y hasta de los mismos atletas es la de desprestigiar al contrario, lo que dice bastante de la calidad de las personas.
No faltan quienes abusan ante la posibilidad de acceder y utilizar a los medios, no precisamente con fines de informar, convirtiéndose en una guerra de descrédito ante el público y los propios anunciantes, siendo comunes expresiones como: "no lo apoyen a él, no sirve como piloto, te aseguro que si me respaldan les voy a dar mejores resultados...". Es el principio de la construcción sobre la base de la destrucción. No nos deben sorprender estas actitudes, ya que al revisar la historia nos encontramos que han sido las mismas rencillas que han caracterizado el automovilismo nacional, desprovisto de continuidad y organización. Además, las autoridades deportivas locales nunca han trabajado en la planificación de un objetivo común a largo plazo, como los desarrollados en su momento por instituciones centenarias como el Automóvil Club Argentino. ¿Y es que acaso no se puede crear una campaña y un fondo común que diga: Yo corro por Venezuela? tal como existe en varias naciones europeas, destinado a aquellos aspirantes que certifiquen y se ganen ese soporte.

CECOTTO TAMPOCO TUVO APOYO

Con el decidido impulso del dirigente del Andrea Ippolito quien apostó todo en la aventura, a mediados de los setenta conocimos el mundo del motociclismo mundial gracias a las hazañas de Johnny Cecotto. Su posterior paso al automovilismo abrió un camino que en 1960 fugazmente intentaron los ítalo-venezolanos Ettore Chimeri y Piero Drogo. En su segunda presentación en F1 en 1983, Johnny marcaba su primer punto en un carro por demás superado. Venía de conquistar el subcampeonato europeo de Fórmula Dos y a fines de 1982 retornó a Venezuela con la ilusión de encontrar el soporte comercial que le permitiera cerrar el trato con un equipo de primera línea. Eran tiempos de la presidencia de Luis Herrera Campíns y la televisión comienza a mostrar regularmente las escenas de los grandes premios, cortesía de Vicente D'Alessandro y Tury Agüero, dos comentaristas tan discutidos como pioneros de lo que nadie se había atrevido a hacer.
A Cecotto le aseguraron el soporte de la primera industria nacional, pero un abrupto cambio de decisión a horas de firmarse el contrato cancela el apoyo previsto (por entonces de un millón de dólares para los dos carros del equipo Theodore-Ensing junto al colombiano Roberto Guerrero). Decepcionado, el doble campeón del mundo en motociclismo nunca más perdería su tiempo buscando soporte entre las empresas locales. Pero, se preguntarán, ¿en qué pudo cambiar la historia si igual llegó a la F1?.
Entramos en el odioso campo de la especulación y si bien pocos lo recuerdan, gracias al soporte de las empresas brasileñas fue como Ayrton Senna logró la total atención de parte de los miembros del equipo Toleman-Hart cuando debutó en 1984. Antes de comenzar la temporada, la firma de neumáticos Pirelli y específicamente su filial de Brasil pagaron los casi dos mil kilómetros de ensayos cumplidos en Sudáfrica y Brasil, mientras el venezolano no efectuó ni el diez por ciento de esas pruebas. Los inmediatos resultados positivos del novato paulista fueron relación directa de ese apoyo y de su innata habilidad, en perjuicio de Cecotto, quien penó por la total inactividad alrededor de su monoplaza, indiferencia tuvo su punto más bajo en el brutal accidente que casi le cuesta la vida en Brands Hatch. Tan simple como cierto.
En Brasil el automovilismo deportivo es una industria, y como tal, las empresas invierten con una intención de obtener los máximos beneficios. Es cierto también que el coloso amazónico posee un mercado enorme que facilita las multiplicaciones, pero principalmente priva el soporte a lo local. Los adolescentes que provienen del karting saben perfectamente qué es lo que quieren, son maestros en las relaciones públicas y casi en su totalidad van acompañados de representantes o mánagers tanto para la fundamental interacción con la prensa como en las relaciones comerciales. Es una escuela heredada y perfeccionada desde la irrupción de Emerson Fittipaldi a fines de los sesenta.
Los otros gigantes latinoamericanos, Argentina y México, tomaron rumbos distintos: para los norteños, la meta deportiva y comercial más próxima son los Estados Unidos, cruzada que tras muchos tropiezos encauzó Adrián Fernández y que tiene excelentes frutos en la media docena de pilotos que buscan consolidarse en el torneo CART. Argentina mantiene el modelo europeo, pero movimientos equivocados como el de Norberto Fontana o decisiones sorprendentes como las de Esteban Tuero, los dejaron momentáneamente sin representantes en la F1, en la escuela que vio nacer al más grande piloto de cualquier época: Juan Manuel Fangio.

SUERTE, DINERO O TALENTO


Como reza la expresión popular, "El dinero no lo es todo, ¡pero cómo ayuda!". Podremos tener al jeque saudita con la mayor cantidad de pozos petroleros del mundo, pero si no tiene condiciones, así le compren el Ferrari que maneja Michael Schumacher jamás llegará a clasificarse. Por el contrario, existen en el mundo algunos con el potencial de retar al germano - tampoco son muchos -, pero no cuentan ni con el dinero ni la suerte para demostrarlo.
Suerte. Ese factor crucial al que todos hacen referencia y que puede inclinar la balanza a favor o en contra de cualquier protagonista.
Tomemos el caso del hoy tetracampeón mundial de F1 Michael Schumacher. En 1991 se subió a un F1 porque el piloto oficial de Jordan, Bertrand Gachot, estaba preso (no es una expresión, se encontraba tras las rejas luego de una riña con un taxista londinense) y porque Mercedes Benz, marca para la que corría el teutón, pagó 300.000 dólares por una carrera. La máquina no era ninguna maravilla, pero se combinaron el virtuosismo en una pista ideal para exaltar las características de los grandes. El resto es historia conocida.
Hoy todos hablan del fenomenal Juan Pablo Montoya, considerado por calificados especialistas como el único capaz de derrotar a Michael Schumacher. Sin embargo, para llegar al escalón superior de la pirámide, tanto él como su familia debieron realizar enormes sacrificios. Claro que ante el éxito y debido a su fuerte carácter, el joven bogotano prefiere no recordar el tema y concentrarse en el presente; por el contrario, su padre, el arquitecto Pablo Montoya, habla no con cierta molestia de la falta de soporte que encontró entre algunas empresas de su país, especialmente la todopoderosa cafetera, capaz de invertir millones de dólares en otras disciplinas como los juegos invernales. Razones de mercado o mercadeo, argumentarían. A pesar de todo, Montoya logró un apoyo importante entre diversas compañías colombianas, pero sería su enorme talento natural el que terminaría imponiéndose, y el contrato que le ofreció Sir Frank Williams a fines de 1997 culminó la etapa de penurias financieras. Y en eso Juancho le gana otra frenada al mayor de los Schumacher: no tuvo que pagar para subirse a un F1, aunque eso en realidad es irrelevante.
El mismo camino que tomó Montoya lo iba marcando el uruguayo Gonzalo Rodríguez, quien enfrentó y superó toda clase de limitaciones, pero el destino arremetió en su contra de la manera más cruel. La muerte del popular "Gonchi" en 1999 fue un caso más donde el entorno reacciona y recuerda los peligros que encierra este deporte. Y es que a diferencia de las demás disciplinas donde las lesiones no pasan de un hueso roto, un tobillo lastimado, o de un músculo desgarrado, en el motorismo la vida de sus practicantes está en constante peligro, y eso, por respeto, debe ser considerado por todos aquellos que suelen criticar a los pilotos, bien sea por ligereza o ignorancia.
En el automovilismo deportivo venezolano no existe voz más autorizada que la de Pietro "Dino" Turco, fuente de consulta de magos de la mecánica como el italiano Gianpaolo Dallara o el argentino Enrique Scalabroni. Don Dino ha vivido la historia del automovilismo deportivo nacional desde sus orígenes con el arribo de la Buenos Aires-Caracas en 1948. "Un momentico - indica con su inconfundible tono - tú puedes tener mucho dinero, como los ha habido en Venezuela, pero pocos son capaces de manejar un carro con más de 500 caballos de fuerza. La plata puede comprar la máquina pero no la capacidad para conducirlo. Entre tantos pilotos que vi, puedo decir que Juan Cochesa fue un gran profesional; a Johnny Cecotto le faltó suerte aunque su carácter a veces lo perjudicaba; Amedeo Marcotulli no tuvo la disciplina necesaria; Carlitos Rinaldi fue un gran kartista que no se adaptó a los fórmula y de los nuevos, admiro lo que hace Milka Duno y creo que el joven Ernesto Viso tiene un futuro brillante".
Para concluir, de cumplirse todas las proyecciones positivas, en menos de cinco años tendremos a un nuevo venezolano manejando un F1, pero a partir de entonces comenzará la segunda parte de la historia, tan o más difícil que la primera, y no es otra que la de consolidarse y luego imponerse. Pero vayamos paso a paso. Por lo pronto lo único que no cuesta en esta historia es soñar.