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Han transcurrido veinte años de su desaparición pero su memoria sigue vigente en el recuerdo de una generación que lo sigue admirando.
Joseph Gilles Henri Villeneuve se marchó un 8 de mayo de 1982 luego de una desgraciada incomprensión durante los últimos minutos de las clasificaciones del Gran Premio de Bélgica celebrado en Zolder. Competía sobre una Ferrari, se encontraba en su quinta temporada en la Fórmula Uno, no sumó muchas victorias, pero era el más veloz y famoso de los corredores de su época, gesta que trascendió más allá de las frías estadísticas ganándose la admiración de todos a base de sencillez, coraje, determinación y talento ilimitado, imagen que permanecerá inalterada por siempre como el piloto más querido de la máxima categoría del automovilismo mundial.
Gilles Villeneuve nunca fue campeón mundial y apenas ganó 6 GP. Si nos remitimos a los números, es muy poco lo que vamos a encontrar en especial si lo comparamos con las escandalosas cifras de los héroes de la última década.
Gilles fiel a su espectacular estilo
Se preguntarán entonces aquellos que no compartieron esos tiempos ¿qué tanto hizo este menudo canadiense para convertirse en el mito que hoy seguimos recordando?
No es fácil resumirlo, aunque podemos empezar indicando que Gilles fue la encarnación misma de la fantasía que despierta la velocidad; el protagonista de lo imposible; el valor desmedido sin importar las condiciones o el medio mecánico; el nunca darse por vencido; el espectáculo garantizado sea a cincuenta o a trescientos kilómetros por hora.
Fuera del tema estrictamente deportivo, los que lo conocieron, llámense amigos, pilotos, técnicos o periodistas, coinciden en catalogarlo como el hombre más genuino y honesto que transitó en el mundano ambiente de la Fórmula Uno, tal como podemos resumir de la magnífica biografía escrita por el cronista británico Gerald Donaldson "Gilles Villeneuve, la vida de un piloto legendario", donde condensa cada etapa de la intensa vida del nativo de Québec, la zona francoparlante del Canadá.
Villeneuve clasificando en Bélgica
Y esa estampa de muchacho bueno con un toque de picardía era la que transmitía en todo momento - incluso para aquellos que lo seguimos a través de unas simples fotografías impresas o de unas breves imágenes de la televisión -, concepto apacible que sufría un giro desproporcionado una vez que se enfundaba el casco, se acomodaba en el habitáculo y apretaba el acelerador.
Claro que como todo en la vida, siempre existirá la otra versión o corriente de opinión que insistirá en que Gilles encontró la muerte porque la estaba buscando de manera inconsciente. Que fue sólo cuestión de tiempo en toparse con la tragedia. Pero incluso aquellos que se enorgullecen en mantener una posición contraria a la de la mayoría debieron rendirse al carisma y encanto que significó y significa la memoria de Gilles Villeneuve.

EL ILUSTRE DESCONOCIDO QUE VINO DE LA NIEVE


Cuando hoy vemos en la televisión las espectaculares competencias motorizadas realizadas en la nieve, difícilmente pensaríamos que de allí pudiera surgir en poco menos de tres años el nuevo fenómeno de la Fórmula Uno.
Gilles debutó con un McLaren
Y ese fue el caso de Gilles Villeneuve. En un motorhome viajó junto a su mujer y sus dos pequeños hijos, Jacques y Melaine, a través del vasto territorio canadiense participando en las competencias sobre la nieve, para luego pasar a la Fórmula Ford, hacer algo de piques o carreras de aceleración (se aburrió de inmediato) hasta que se subió a un Fórmula Atlantic, la categoría de promoción más importante de Norteamérica. Desde 1974 hasta 1977 se impuso en todo lo que había que ganar, pero sería su triunfo en 1976 en la clásica de Trois Rivieres superando a las grandes figuras de la F1 como James Hunt y Patrick Depallier la que daría un giro a su carrera. Eran épocas en las que las estrellas consagradas no temían la confrontación directa con nuevos adversarios en condiciones similares y en escenarios ajenos a su calendario, baño de humildad perdido en la vorágine de millones que hoy envuelve el automovilismo y que impedirá que algún talento emergente pueda saltar del anonimato.
Con la Ferrari de la temporada '78
Fue el propio Hunt, Campeón Mundial 1976 quien recomendó a Villeneuve para que compita con Mclaren, estreno que se cumplió en el GP de Inglaterra de 1977 celebrado en Silverstone. Sin mayores referencias ni con la potencia del Ford Cosworth de 3 litros ni con el veloz dibujo del aeródromo, el desconocido canadiense ocupó el puesto nueve en la grilla de largada, no sin antes efectuar algo así como 17 trompos durante las clasificaciones, porque, como revelaría después, "necesitaba encontrar el límite del carro".
El límite, esa palabra que pocas veces emplean los corredores al considerarla como un instante de arrojo en una situación particular, representaba para Gilles no sólo su forma de encarar las carreras, sino también cada práctica, cada vuelta y cada curva que tomara. La máquina de costado, el power slide, colocar dos ruedas fuera del asfalto, eran instantáneas usuales en cualquier viraje en el que se encuadrara su máquina.
Sin embargo, cuando pensó que las puertas de la F1 se habían abierto para él, se encontró con poco o ningún respaldo y estuvo a punto de dejarlo todo. Fue entonces cuando el Commendatore Enzo Ferrari, a sugerencia de las recomendaciones de algunos observadores, puso sus ojos en el desconocido debutante.
Niki Lauda, el hombre que retornó de la extremaunción para conquistar su segundo título mundial con las máquinas del Cavallino Rampante, dejaba los bólidos de Maranello ante la tentadora oferta que no llegaba al millón de dólares realizada por Parmalat, patrocinante de Brabham. La traición del austriaco significó una gran ofensa para Enzo Ferrari, quien entonces contrató a Villeneuve para completar la dupla 1978 junto al argentino Carlos Reutemann.
Ese primer año la implacable prensa italiana atacó al recién llegado sin misericordia, y no era para menos. En las primeras siete presentaciones, incluidas las dos últimas de 1977, Villeneuve se vio involucrado en cinco accidentes, si bien en uno de ellos, en Long Beach, dominaba con autoridad hasta que se enganchó con el rezagado Clay Regazzoni. Las críticas no cesaron hasta el mismo final de la campaña, cuando finalmente consigue su primera victoria ante el público de casa reunido en Montreal.
Igual era muy poco. Pocos se explican la insistencia del Drake en mantener a Villeneuve una temporada más, pero el anciano había visto en el pequeño volante condiciones que le evocaban a la memoria a sus más queridos pilotos, con Tazio Nuvolari a la cabeza.

1979: SE FORJAN LAS BASES DE LA LEYENDA


Gilles accidentado en Monza
Luego de un inicio incierto con el modelo T3, el arribo del nuevo producto otorga alas a la dupla Villeneuve-Jody Scheckter. La T4 es confiable y con ella Gilles se impone en Sudáfrica y Long Beach. El arribo a Europa es en España, donde el canadiense realiza varios trompos en el desesperado intento de mantenerse en el grupo de punta; en Zolder, dobla el alerón frontal, para a sustituirlo, queda último y comienza una furiosa remontada que lo lleva increíblemente al tercer puesto, pero a 300 metros de la meta el V12 consume todo el combustible y otra vez se queda sin sumar unidades. En Montecarlo no tiene suerte mientras su coequipero se afianza en la vanguardia del certamen gracias a su segunda victoria al hilo.
Es el turno del GP de Francia en Dijon. Es la jornada que consagra por primera vez a Renault y al motor turbo, pero el triunfo de Jean Pierre Jabouille es meramente estadístico ante el delirante espectáculo que protagonizan Gilles Villeneuve y René Arnoux, en el otro Renault. Las últimas cuatro vueltas superan cualquier formalidad: ruedas bloqueadas, contactos a más de 200 km/s, se superan el uno al otro no menos de seis veces hasta que la Ferrari toma unos metros de ventaja y arriba segundo. La televisión ha seguido en directo los cinco minutos más intensos en la historia de la F1 y el público eleva a Villeneuve a otra dimensión.
La lucha por la primera posición del campeonato permanece abierta ante el irregular rendimiento de las Ferrari en Inglaterra, Alemania y Austria, lo que ofrece vía libre al avance de Alan Jones con el Williams, pero sería en Holanda donde otra vez Gilles Villeneuve es protagonista de una maniobra tan cuestionada como irrepetible. Luego de tomar la punta sobre Jones con un sorpasso por el exterior en la curva Tarzán, Villeneuve cede la vanguardia al realizar un trompo cuando una goma trasera sufre un pinchazo. Dos vueltas después el caucho explota, pero la Ferrari acaba de pasar frente a los pits. La lógica indicaría un retiro inmediato. Pero para Gilles la palabra rendirse no existe. Con tres ruedas realiza una vuelta completa a la pista de 4 kilómetros, llega a los boxes y aguarda a que le coloquen el recambio. Pero no hay nada que hacer. No se ha percatado que parte del eje y
la suspensión trasera han quedado en el camino. Es una maniobra irracional, absurda para sus críticos, pero deliciosa para los sorprendidos espectadores que no dan crédito a semejante tenacidad.
Llega Italia, en Monza, y cumple su palabra de no atacara su compañero Jody Scheckter para completar un mágico uno-dos que consagra tanto al sudafricano como a la firma de Maranello. Gilles es vicecampeón del mundo si bien a los ojos de los fanáticos el verdadero monarca es él.
Villeneuve con un neumático menos
En 1980 el rol protagónico de Ferrari se invierte de manera dramática ante el estruendoso fracaso de la T5 y ahora la lucha es por las casillas intermedias y ocasionalmente por algún puesto puntuable. Pero otra vez surge la figura inagotable del canadiense, autor de ardorosas batallas sea cual sea su ubicación, empuje que se advierte en cualquier metro de la pista con un manejo agresivo y generoso. Sobre el final de la temporada Ferrari presenta el nuevo modelo que lleva el motor turbo, aunque en Imola se recordará más el alucinante accidente sufrido por Gilles en la curva previa a la curva Tosa: una goma trasera estalló lo que dio inicio a una serie de aterradores giros a 250 kms/h. La providencia quiso aquella vez que la Ferrari número 2 golpeara el guardrail con un costado y no de frente. Los wing-cars, con sus amplios túneles de viento laterales han absorbido buena parte de la brutal energía provocada por el golpe y Villeneuve se baja de lo que queda de su máquina saludando al atónito soberano.

UNA TRAICION QUE ACELERO LA TRAGEDIA

Didier Pironi y Gilles Villeneuve
Enzo Ferrari vive con Gilles Villeneuve una nueva juventud. Le perdona todo. Lo bautiza como "El Príncipe de la Destrucción" y afirma que si de sus talleres sale un carro lo suficientemente robusto para que Gilles no lo rompa, entonces quiere decir que es una buena máquina. Incluso los vehículos de alquiler son víctimas del maltrato sometido bajo la conducción del canadiense. Sus viajes de Montecarlo a Maranello y viceversa en menos de 3 horas son parte de las travesuras que suele cumplir para absoluto terror de sus valientes (o inocentes) acompañantes.
En 1981 las Ferrari intercambian numeración con los nuevos campeones de Williams, correspondiéndoles ahora a Gilles Villeneuve el 27 y al francés Didier Pironí el 28. Las nuevas 126C Turbo tienen un portentoso motor pero un chasis infame, y aún así en esas condiciones Gilles Villeneuve completa presentaciones de antología. La primera es en Mónaco, donde gracias a su infatigable espíritu de nunca darse por vencido le permitió capitalizar los problemas de los demás, especialmente los de Alan Jones. Luego vino Jarama, en España, donde contuvo durante 66 vueltas los incesantes ataques de sus perseguidores, banderazo a cuadros que juntó a los cinco primeros en menos de 2 segundos. La Ferrari no puede seguir el ritmo de los Brabham y Williams, pero siempre Gilles se las ingenia para ofrecer resistencia, aunque ello le lleve a coleccionar nuevas salidas de pista como las de Silverstone y Zandvoort.
En la pista de casa se corre bajo un verdadero diluvio y en esas condiciones prohibitivas Villeneuve ofrece otro recital para llevarse el tercer lugar, no sin antes doblar el alerón delantero el cual le impide la visibilidad durante algunas vueltas, pero antes de detenerse a cambiarlo decide continuar. Otro toque adicional y la pieza se desprende por completo en una recta, la máquina apunta hacia cualquier parte, pero al volante se encuentra el único ser humano capaz de controlar semejante emergencia. El tercer escalón del podio vale tanto como la misma victoria. Durante el año no ha tenido el mínimo contratiempo con Pironí a quien triplica en puntos alcanzados.
Villeneuve doblando en Mónaco
Para 1982 Ferrari parte con un bólido que promete grandes cosas y lo confirman de inmediato, si bien Gilles comete un error en Brasil al tratar de contener al Brabham de Piquet, máquina que posteriormente sería descalificada, misma sanción que recaería sobre la Ferrari número 27 en Long Beach. Llega entonces la cita en el Dino y Enzo Ferrari correspondiente al GP de San Marino.
Otra vez Villeneuve es quien lleva el peso competitivo que enfrenta a los Renault, máquinas que rompen ante la presión del canadiense. Con el camino despejado Gilles reduce el ritmo, con lo cual Didier Pironí aprovecha para alcanzarlo y superarlo. Comienzan a pasarse varias veces, pero Villeneuve cree que el parisino está buscando algo de espectáculo. A falta de una vuelta retoma el mando, pero Pironí no cede y recupera la vanguardia con una maniobra al límite que casi provoca un accidente. El público enloquece ante el uno-dos de Ferrari y mientras Didier Pironí celebra en lo más alto del podio, Gilles Villeneuve no da crédito al comportamiento de su compañero de escuadra, sintiéndose engañado una vez que desde los pits apareciera la señal que indicaba mantener las posiciones.
Entonces, por primera vez el siempre afable canadiense cambió su actitud y declaró su rechazo hacia Pironí. Se sintió traicionado porque siempre confió en la palabra y en los actos de las personas. Era Gilles tan ingenuo que sólo después de Imola entró en razón en el inelegante detalle que tuvo Didier al no invitarlo a su boda celebrada unos días antes de Imola. La siguiente reunión correspondía en Zolder, Bélgica.
La abierta disputa y tensión en el seno de la casa de Maranello aumenta en cada vuelta y por sexta ocasión en dieciséis ocasiones, Pironí marca un tiempo más rápido que el de Gilles. Faltan minutos para la culminación de la sesión definitiva y Villeneuve monta un nuevo juego de neumáticos de clasificación, compuesto que apenas dura un par de vueltas. El de Québec se encuentra en pleno giro lanzado cuando se topa en el camino al March de Jochen Mass, que viene a baja velocidad. Hay apenas fracciones de segundo para reaccionar, y mientras el alemán elige apartarse hacia donde la lógica señala, Villeneuve selecciona el mismo sector y el contacto es inevitable. La diferencia en la velocidad entre una y otra máquina, el impredecible comportamiento de los wing car ante la pérdida de sustentación sólo aceleran la catástrofe.
Casi como una macabra premonición Gilles Villeneuve indicó en una ocasión "no se puede quitar el pie del acelerador cuando se corre a altas velocidades. La única esperanza es que el piloto que tienes adelante te haya visto en sus retrovisores".
Bajo la lluvia en su propia tierra
El 8 de mayo de 1982, a los 32 años de edad fallecía Gilles Villeneuve. Como Jim Clark. Y al igual que el escocés, su muerte provocó una conmoción universal que el mundo no volvió a experimentar hasta el 1 de mayo de 1994. Por cierto, un joven brasileño estuvo presente aquel fin de semana en Zolder, participando en el Europeo de Fórmula Ford 2000cc. Su nombre: Ayrton Senna da Silva.
La desaparición de Villeneuve fue un golpe durísimo para Enzo Ferrari, quien además de querer a su piloto casi como a un hijo, no soportaba una tragedia similar desde el accidente que le costó la vida a Ignacio Giunti en los 1000 Kms de Buenos Aires 1971, consecuencia de la imprudencia del galo Jean Pierre Beltoise. La de 1982 resultó una temporada maldita para los coches de Maranello, porque unas jornadas después, cuando Pironí se encaminaba hacia la conquista del título mundial, otra vez las jornadas del sabatinas resultaron traumáticas. Bajo un torrencial aguacero en Hockenheim, Alemania, Didier embistió al Renault de su compatriota Alain Prost que venía a ritmo mucho más lento (¿acaso desde entonces le tuvo respeto a la lluvia?) y la Ferrari voló tal como lo había hecho la de Villeneuve, aunque el francés pudo sobrevivir su carrera en F1 había culminado dada la gravedad de las lesiones en ambas piernas.
Años más tarde, la necesidad de adrenalina llevaría a Didier a participar en las carreras de Off-shore o lanchas de alta potencia, aventura que culminó fatalmente frente a las costas británicas en compañía de dos tripulantes. Al tiempo, nadie sabe si en reconocimiento, homenaje o por algún oculto placer, la viuda de Pironí fecundó in vitro un par de mellizos a quienes bautizaría con los nombres de Gilles y Didier.
Su hijo Jacques Villeneuve
El apellido Villeneuve continuaría vigente gracias a las gestas de su hijo Jacques, quien heredó buena parte del mismo talento natural del padre (porque a diferencia del 95% de los pilotos del presente, nunca practicó karting o al menos no lo hizo de manera profesional) adjudicándose los triunfos más importantes tanto en la Fórmula Uno como en los Estados Unidos. Su carácter desenfadado y contrario a seguir las normas son algunas de las semejanzas que también se pueden equiparar a las de Gilles, pero la gran diferencia es que hoy Jacques y sus colegas, gracias a la evolución, cuentan con márgenes de seguridad tales que salvo una catástrofe o encontrarse en el lugar y momento equivocado, podrán contárselo a sus hijos y algunos de ellos hasta lograrán competir al lado de sus muchachos.